No todos caminamos al mismo ritmo
La investigación que dio origen a este artículo no nació
en un despacho oficial, ni en un congreso internacional, ni en una política pública.
Nació en una conversación de familia.
Mi esposa y yo tenemos
un hijo dentro del espectro autista.
Visualmente, nadie lo diría. Es sociable, respetuoso, afectuoso y, cuando se
siente seguro, se desenvuelve con naturalidad. En nuestra comunidad nunca lo
hemos ocultado; al contrario, lo hemos dicho con respeto y con verdad, porque
el autismo no es una vergüenza: es una condición humana que merece comprensión.
Hace un tiempo decidimos integrarlo a nuestro negocio familiar, Ricuras de Doña Esperanza, en el área de servicio al cliente. No como un acto simbólico ni por caridad, sino porque es bueno, porque tiene habilidades reales, porque si nosotros —sus padres— no le damos la oportunidad, ¿Quién se la va a dar?















