sábado, 31 de enero de 2026

Samaná ante Rincón Bay: preguntas necesarias antes de decidir el futuro

 


Por Rafael Enrique Correa
Comunicador | Director,  La Revista Chocolate

En los últimos días, el nombre Rincón Bay ha vuelto a escucharse con fuerza en Samaná. Se menciona en conversaciones de calle, en publicaciones de redes sociales y en declaraciones oficiales que hablan de grandes inversiones, de desarrollo, de futuro. Cuando algo de esta magnitud comienza a sonar con tanta insistencia, uno siente la responsabilidad de detenerse, mirar con calma y preguntar con respeto, pero con firmeza.

No para atacar.
No para aplaudir sin pensar.
Para entender.

Rincón Bay se presenta como un proyecto turístico–inmobiliario de gran escala en la zona de Playa Rincón, en Las Galeras, uno de los espacios naturales más valiosos que tiene la República Dominicana. Un lugar que no necesita adornos para ser extraordinario y que, precisamente por eso, exige un nivel mayor de cuidado, información y transparencia cuando se habla de intervenirlo.

En escenarios internacionales del turismo, el ministro David Collado ha mencionado este proyecto como parte de una apuesta estratégica para Samaná, vinculándolo al empresario Abraham Hazoury, figura ampliamente conocida por desarrollos de alto impacto como Cap Cana. Se han citado cifras importantes, inversiones millonarias, marcas internacionales en procesos de permisología y un nuevo momento para la provincia. Todo eso genera expectativa. Es normal. Samaná lleva años esperando que su potencial se traduzca en oportunidades reales.

Pero junto al entusiasmo, surgen preguntas que no son negativas, sino necesarias.

¿Dónde exactamente se desarrollará el proyecto y bajo qué figura jurídica están esos terrenos? ¿Quién figura hoy como propietario registral? ¿Existe ya una licencia ambiental otorgada por el Ministerio de Medio Ambiente o el proceso aún está en evaluación? ¿Habrá estudios de impacto ambiental con participación pública? ¿Cómo se garantizará el acceso libre y constitucional a la playa? ¿Qué presión ejercerá un desarrollo de esta escala sobre el agua, la energía, el saneamiento y las vías de acceso?

Nada de eso es oposición.
Eso es responsabilidad ciudadana.

Basta con asomarse a las redes sociales para entender por qué estas preguntas importan. El pueblo de Samaná no está reaccionando desde la ignorancia ni desde la mala fe. Está reaccionando desde la memoria. Desde lo que ha visto pasar en otros lugares del país. Desde el temor —legítimo— de perder lo que todavía siente suyo.

Muchos expresan que Playa Rincón no necesita hoteles ni “mejoras” que alteren su esencia. Que su belleza está en lo salvaje, en lo libre, en la posibilidad de llegar sin pedir permiso, de caminar la bahía completa, de bañarse sin restricciones. Para esas voces, turistificar Rincón es correr el riesgo de convertirlo en una postal inaccesible.

Otros ponen nombre a ese miedo y lo llaman gentrificación. Hablan de desplazamiento de familias, de aumento del costo de vida, de pérdida de identidad cultural, de negocios locales que desaparecen, de comunidades que terminan observando desde fuera un territorio que ya no pueden habitar. No lo dicen desde la teoría. Lo dicen desde la experiencia vivida en lugares como Juanillo, Puerto Bahía o Punta Cana.

Aparecen también recuerdos que pesan. Personas que cuentan cómo playas que antes eran públicas hoy tienen barreras visibles e invisibles. Cómo zonas que antes eran de todos ahora están vigiladas, reguladas o simplemente cerradas para el dominicano común. Uno de los temores más repetidos es ese: que Rincón deje de ser accesible, que Caño Frío se privatice, que la playa termine siendo solo para unos pocos.

No todas las voces rechazan el desarrollo. Algunas preguntan desde otro ángulo. Se cuestiona si el proyecto es realmente nuevo o si se trata de una idea antigua que nunca se ejecutó por problemas de financiamiento, de permisos o de propiedad de los terrenos. Otros preguntan, sin rodeos, a quién pertenecen realmente esas tierras, si hay títulos claros, si los dueños originales vendieron, si todo está en regla. Son preguntas incómodas, pero normales en un país donde la historia de la tierra no siempre ha sido transparente.

También hay quienes defienden el progreso y lo dicen abiertamente. Plantean que Samaná necesita avanzar, que el aeropuerto requiere pasajeros para ser rentable, que el desarrollo puede generar empleo y oportunidades. Para ellos, el problema no es el proyecto en sí, sino el desorden, la improvisación y la ausencia del Estado como árbitro justo.

Lo que sí parece unir a casi todos es una idea clara: Samaná no quiere convertirse en otro Bávaro. Tampoco en un Cap Cana. Hay un consenso emocional —aunque no siempre articulado— de que la península tiene una identidad distinta, ligada al ecoturismo, a la naturaleza abierta, a la vida comunitaria, a la historia de un pueblo formado por migrantes, cultura y mezcla.

En redes sociales, otro punto aparece con fuerza y no puede ignorarse: la conectividad. Para que un proyecto como Rincón Bay funcione de verdad y beneficie a la provincia completa, muchos señalan que es indispensable una conexión eficiente entre el Aeropuerto Internacional de Samaná y la zona de Playa Rincón, incluyendo una integración real con el Boulevard del Atlántico. Sin infraestructura pensada para la gente, cualquier desarrollo corre el riesgo de convertirse en un enclave aislado.

Entre el “sí” y el “no”, lo que emerge con claridad es una exigencia común: información. Que se explique. Que se muestre el alcance real del proyecto. Que se aclaren los límites. Que se diga qué es rumor y qué es realidad. Que se garantice el acceso público. Que se escuche a la comunidad antes de decidir por ella.

Samaná no necesita promesas grandilocuentes.
Necesita información clara.
Necesita procesos visibles.
Necesita saber.

El desarrollo no es enemigo del territorio cuando se hace con conciencia, datos abiertos y respeto. Pero tampoco puede construirse sobre el silencio o la ambigüedad. Un proyecto sólido no le teme a las preguntas; al contrario, se fortalece cuando responde con hechos.

Hoy, más que tomar bandos, lo que corresponde es pedir claridad. Que las autoridades expliquen. Que los promotores comuniquen. Que la comunidad participe. Porque Samaná no es un escenario vacío: es un territorio vivo, con memoria, con gente y con derecho a decidir cómo quiere crecer.

Desde Revista Chocolate, seguiremos observando, preguntando y documentando.
No para frenar el desarrollo.
Sino para que, cuando llegue, llegue bien.

 

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Comunicador con 22 años de experiencia y director de La Revista Chocolate.
Miembro del SNTP, ADOMPRETUR e IFJ.
Escritor de Semblanzas & Biógrafo Personal.
Ghostwriter especializado en historias humanas.

Si deseas una semblanza para boda, aniversario o despedida; una biografía familiar o empresarial; o un reportaje sobre tu negocio o proyecto, puedes escribirme al 809-584-1220 (solo mensajes).

Historias con alma. Textos que permanecen.

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