Por Rafael Enrique Correa
En la calle
Mella, casi esquina Luperón, frente al antiguo local de la Logia
Nueva Era, hay un punto fijo en la geografía emocional de Nagua. No
es un monumento ni un edificio histórico. Es algo más profundo: un ritual
cotidiano que ha sobrevivido 30 años sin renunciar a su esencia. Ahí
está Picapollo Leslie.
No hablamos solo de pollo frito. Hablamos de oficio, de constancia, de familia. Hablamos de la familia Gonell Díaz, que cada mañana abre el día con la misma disciplina con la que otros abren una Biblia: temprano, con respeto, con la convicción de que el trabajo bien hecho es una forma de honradez. Aquí no hay atajos ni relevos anónimos. Aquí se fríe entre hijos, nietos y hermanos, como se ha hecho siempre.
Generaciones de
nagüeros hemos crecido con ese sabor. Algunos llegaron caminando desde la
escuela; otros, en motor, con el casco bajo el brazo; otros, desde la
distancia, marcando un número antes de aterrizar. Y sí, al otro lado del
teléfono suele estar Igor, hoy gerente general, con su célebre “30
minutos”. Todos sabemos que no son literales. Y aun así, esperamos.
Esperamos
porque entendimos algo que no se aprende en redes: la calidad también tiene
tiempo. Esperamos porque sabemos que lo que viene es limpio, respetuoso,
bien hecho. Porque no es solo el crujido; es la certeza de que detrás
hay manos conocidas y un nombre que cuidar.
Picapollo
Leslie se volvió símbolo
sin proponérselo. Para el nagüero que vive en Estados Unidos o en Europa,
el regreso tiene estaciones inevitables: el coco tierno de Ricuras de Doña
Esperanza… y una parada obligatoria en Leslie. Llamar, reservar,
esperar y sentarse con esa mezcla exacta de sabor y memoria que devuelve
al cuerpo —aunque sea por un rato— a casa.
Este texto no
es una reseña. Es un acto de reconocimiento. Porque los pueblos no se
sostienen solo con obras grandes; se sostienen con familias que perseveran.
Con negocios que entienden que el éxito no siempre es crecer en tamaño, sino mantener
la dignidad.
Hoy, cuando
todo corre, Picapollo Leslie nos recuerda que hay cosas que se hacen
mejor despacio. Y que, a veces, esperar también es una forma de
pertenecer.
Porque cuidar
la memoria también es una forma de progreso.
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Historias con alma. Textos que permanecen.
Si quieres vivir la experiencia completa, marca el 809-584-2304, pide tu
picapollo y prepárate para disfrutarlo como manda la tradición.
Y sí… ya lo
sabes:
si tienes prisa, pide con tiempo.
Y si no, relájate y espera los famosos “30 minutos” de Igor, que todos
sabemos que son una referencia espiritual 😄
Porque en Picapollo
Leslie no solo se fríe pollo:
se fríe historia, se sirve memoria y se comparte identidad
nagüera.





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