jueves, 18 de junio de 2026

¿Cuántos hermanos tienes... y cuántos conoces realmente?


Por Rafael Enrique Correa
Comunicador | Director,  La Revista Chocolate

Me he quedado unos minutos más en el estacionamiento de la iglesia.

Mientras observaba a los hermanos salir, los vehículos comenzaron a abandonar el lugar uno tras otro. Algunos se saludaban de lejos. Otros compartían una breve conversación antes de marcharse. También estaban los de siempre, aquellos que cada domingo se buscan para saludarse y compartir unos minutos juntos. Otros caminaban apresurados hacia sus compromisos.

En cuestión de minutos, el templo quedó prácticamente vacío.

Y mientras contemplaba aquella escena, me hice una pregunta que todavía no logro sacarme de la cabeza:

¿Cuántas de las personas que acababan de adorar juntas conocían realmente la vida de quienes habían estado sentados a su lado durante el culto?

Porque la realidad es que podemos compartir el mismo templo durante años y seguir siendo completos desconocidos. Podemos saber dónde se sienta una persona cada domingo, pero no conocer la batalla que libra cuando llega a casa. Podemos estrechar una mano durante años sin haber escuchado jamás una sola lágrima de quien la extiende.

Y mientras más pensaba en ello, más comprendía que hay algo que sigue inquietando mi corazón.

Llegamos a la iglesia.

Cantamos juntos.

Oramos juntos.

Escuchamos la misma Palabra.

Levantamos las manos a Dios.

Decimos amén a las mismas promesas.

Pero cuando termina el servicio, muchas veces cada quien regresa a su propio mundo como si nada hubiera ocurrido.

Entonces surge una pregunta incómoda:

¿Somos realmente hermanos o simplemente personas que coinciden en el mismo lugar cada semana?

Lo pregunto con respeto, porque también me incluyo en la reflexión. No escribo estas líneas desde una posición de superioridad. Yo mismo he llegado muchas veces al culto, he escuchado la Palabra y me he marchado sin detenerme lo suficiente para conocer mejor a quienes Dios ha colocado a mi alrededor.

Sin embargo, cuando voy a las Escrituras encuentro una imagen de la Iglesia que parece mucho más profunda que la que muchas veces vivimos hoy.

La Biblia dice:

"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones." (Hechos 2:42, RVR1960)

Hay algo importante aquí.

La Iglesia primitiva no solamente perseveraba en la doctrina.

También perseveraba en la comunión.

No solamente compartían enseñanzas.

Compartían la vida.

Se conocían.

Sabían quién estaba sufriendo.

Sabían quién necesitaba ayuda.

Sabían por quién debían orar.

Por eso el apóstol Pablo escribió:

"Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo." (Gálatas 6:2, RVR1960)

Pero aquí surge una realidad imposible de ignorar.

¿Cómo puedo ayudar a llevar una carga que desconozco?

¿Cómo puedo orar por un hermano cuya historia nunca he escuchado?

¿Cómo puedo llorar con quien llora si ni siquiera sé que está sufriendo?

¿Cómo puedo servir a alguien por quien jamás me he interesado?

Tal vez el problema no sea falta de amor.

Tal vez sea falta de intención.

Nos hemos acostumbrado a vernos sin conocernos.

A saludarnos sin acercarnos.

A llamarnos hermanos sin comportarnos como una familia.

Y precisamente ahí encuentro una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.

Muchos de nosotros conocemos los problemas de artistas, políticos, deportistas e influencers que jamás hemos visto personalmente. Sabemos qué hacen, qué comen, dónde viajan y qué ocurre en sus vidas. Sin embargo, desconocemos las luchas, las necesidades y las victorias de los hermanos con quienes compartimos cada semana.

La Palabra de Dios declara:

"Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios." (Efesios 2:19, RVR1960)

La familia de Dios.

No una audiencia.

No un club religioso.

No un grupo de personas que asisten al mismo evento semanal.

Una familia.

Y las familias se conocen.

Las familias se buscan.

Las familias se preocupan unas por otras.

Las familias celebran juntas.

Las familias lloran juntas.

Las familias permanecen presentes cuando llegan las dificultades.

Por eso me preocupa cuando descubro que una persona lleva cinco, diez o quince años congregándose y apenas conoce el nombre de quienes se sientan cerca de ella. Me preocupa cuando sabemos quién predica, quién canta o quién dirige un ministerio, pero desconocemos quién perdió su empleo, quién tiene un hijo enfermo, quién está atravesando una crisis matrimonial o quién está luchando silenciosamente contra la depresión, el miedo o la soledad.

Porque una iglesia puede tener buena música, buena organización, excelentes predicaciones y una agenda llena de actividades, pero si los hermanos no se conocen, algo importante se está perdiendo en el camino.

Se pierde la oportunidad de servir.

Se pierde la oportunidad de discipular.

Se pierde la oportunidad de consolar.

Se pierde la oportunidad de ayudar.

Y muchas veces se pierde la oportunidad de amar como Cristo nos mandó amar.

Jesús dijo:

"En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros." (Juan 13:35, RVR1960)

No dijo que el mundo conocería a sus discípulos por el tamaño de los templos.

No dijo que los conocería por la calidad de la música.

No dijo que los conocería por la duración de sus mensajes.

Dijo que los conocería por su amor.

Y el amor verdadero requiere cercanía.

Requiere tiempo.

Requiere interés genuino.

Requiere salir de la comodidad para acercarse a otro ser humano.

Quizás la próxima vez que termine el culto no sea necesario correr inmediatamente hacia la salida. Quizás sea una oportunidad para acercarse a alguien cuyo rostro ve cada semana, pero cuyo nombre todavía desconoce. Tal vez sea el momento de preguntar cómo está, cómo está su familia, por qué necesita oración o simplemente escuchar durante unos minutos.

Puede parecer algo pequeño.

Pero las grandes familias se construyen precisamente con esas pequeñas acciones.

La Biblia dice:

"¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!" (Salmos 133:1, RVR1960)

Habitar.

No solamente reunirse.

Habitar.

Porque Dios nunca diseñó una Iglesia formada por desconocidos que comparten una banca.

Él diseñó una familia espiritual unida por la sangre de Jesucristo.

Y quiero terminar con una pregunta que no responda para mí.

Respóndala delante de Dios.

Si usted dejara de congregarse durante los próximos tres meses, ¿quién le llamaría para saber dónde está?

Y si nadie notara su ausencia, quizás el problema no sea solamente que necesitamos congregarnos más.

Quizás necesitamos volver a ser familia.

Porque el día que la Iglesia vuelva a conocerse como una verdadera familia, muchos dejarán de sentirse solos en medio de una congregación llena de gente.

Y quizás entonces comenzaremos a parecernos un poco más a la Iglesia que Cristo soñó.

 













Comunicador, escritor y autor de Guerreros del Edén.
Director de La Revista Chocolate y miembro del SNTP, ADOMPRETUR e IFJ.

Escribe desde una mirada que integra fe, comunicación y cultura, abordando temas espirituales con profundidad humana y criterio contemporáneo.

 

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