Comunicador | Director, La Revista Chocolate
Me he quedado unos minutos más en
el estacionamiento de la iglesia.
Mientras observaba a los hermanos
salir, los vehículos comenzaron a abandonar el lugar uno tras otro. Algunos se
saludaban de lejos. Otros compartían una breve conversación antes de marcharse.
También estaban los de siempre, aquellos que cada domingo se buscan para
saludarse y compartir unos minutos juntos. Otros caminaban apresurados hacia
sus compromisos.
En cuestión de minutos, el templo
quedó prácticamente vacío.
Y mientras contemplaba aquella
escena, me hice una pregunta que todavía no logro sacarme de la cabeza:
¿Cuántas de las personas que acababan de adorar juntas conocían realmente la vida de quienes habían estado sentados a su lado durante el culto?
Porque la realidad es que podemos
compartir el mismo templo durante años y seguir siendo completos desconocidos.
Podemos saber dónde se sienta una persona cada domingo, pero no conocer la
batalla que libra cuando llega a casa. Podemos estrechar una mano durante años
sin haber escuchado jamás una sola lágrima de quien la extiende.
Y mientras más pensaba en ello,
más comprendía que hay algo que sigue inquietando mi corazón.
Llegamos a la iglesia.
Cantamos juntos.
Oramos juntos.
Escuchamos la misma Palabra.
Levantamos las manos a Dios.
Decimos amén a las mismas
promesas.
Pero cuando termina el servicio,
muchas veces cada quien regresa a su propio mundo como si nada hubiera
ocurrido.
Entonces surge una pregunta
incómoda:
¿Somos realmente hermanos
o simplemente personas que coinciden en el mismo lugar cada semana?
Lo pregunto con respeto, porque
también me incluyo en la reflexión. No escribo estas líneas desde una posición
de superioridad. Yo mismo he llegado muchas veces al culto, he escuchado la
Palabra y me he marchado sin detenerme lo suficiente para conocer mejor a
quienes Dios ha colocado a mi alrededor.
Sin embargo, cuando voy a las
Escrituras encuentro una imagen de la Iglesia que parece mucho más profunda que
la que muchas veces vivimos hoy.
La Biblia dice:
"Y perseveraban en la
doctrina de los apóstoles, y en la comunión unos con otros, en el partimiento
del pan y en las oraciones." (Hechos 2:42, RVR1960)
Hay algo importante aquí.
La Iglesia primitiva no solamente
perseveraba en la doctrina.
También perseveraba en la
comunión.
No solamente compartían enseñanzas.
Compartían la vida.
Se conocían.
Sabían quién estaba sufriendo.
Sabían quién necesitaba ayuda.
Sabían por quién debían orar.
Por eso el apóstol Pablo
escribió:
"Sobrellevad los unos
las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo." (Gálatas 6:2, RVR1960)
Pero aquí surge una realidad
imposible de ignorar.
¿Cómo puedo ayudar a
llevar una carga que desconozco?
¿Cómo puedo orar por un
hermano cuya historia nunca he escuchado?
¿Cómo puedo llorar con
quien llora si ni siquiera sé que está sufriendo?
¿Cómo puedo servir a
alguien por quien jamás me he interesado?
Tal vez el problema no sea falta
de amor.
Tal vez sea falta de intención.
Nos hemos acostumbrado a vernos
sin conocernos.
A saludarnos sin acercarnos.
A llamarnos hermanos sin
comportarnos como una familia.
Y precisamente ahí encuentro una
de las mayores contradicciones de nuestro tiempo.
Muchos de nosotros conocemos los
problemas de artistas, políticos, deportistas e influencers que jamás hemos
visto personalmente. Sabemos qué hacen, qué comen, dónde viajan y qué ocurre en
sus vidas. Sin embargo, desconocemos las luchas, las necesidades y las
victorias de los hermanos con quienes compartimos cada semana.
La Palabra de Dios declara:
"Así que ya no sois
extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la
familia de Dios."
(Efesios 2:19, RVR1960)
La familia de Dios.
No una audiencia.
No un club religioso.
No un grupo de personas que
asisten al mismo evento semanal.
Una familia.
Y las familias se conocen.
Las familias se buscan.
Las familias se preocupan unas
por otras.
Las familias celebran juntas.
Las familias lloran juntas.
Las familias permanecen presentes
cuando llegan las dificultades.
Por eso me preocupa cuando
descubro que una persona lleva cinco, diez o quince años congregándose y apenas
conoce el nombre de quienes se sientan cerca de ella. Me preocupa cuando
sabemos quién predica, quién canta o quién dirige un ministerio, pero
desconocemos quién perdió su empleo, quién tiene un hijo enfermo, quién está
atravesando una crisis matrimonial o quién está luchando silenciosamente contra
la depresión, el miedo o la soledad.
Porque una iglesia puede tener
buena música, buena organización, excelentes predicaciones y una agenda llena
de actividades, pero si los hermanos no se conocen, algo importante se está
perdiendo en el camino.
Se pierde la oportunidad de
servir.
Se pierde la oportunidad de
discipular.
Se pierde la oportunidad de
consolar.
Se pierde la oportunidad de
ayudar.
Y muchas veces se pierde la
oportunidad de amar como Cristo nos mandó amar.
Jesús dijo:
"En esto conocerán todos
que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros." (Juan 13:35, RVR1960)
No dijo que el mundo conocería a
sus discípulos por el tamaño de los templos.
No dijo que los conocería por la
calidad de la música.
No dijo que los conocería por la
duración de sus mensajes.
Dijo que los conocería por su
amor.
Y el amor verdadero requiere
cercanía.
Requiere tiempo.
Requiere interés genuino.
Requiere salir de la comodidad
para acercarse a otro ser humano.
Quizás la próxima vez que termine
el culto no sea necesario correr inmediatamente hacia la salida. Quizás sea una
oportunidad para acercarse a alguien cuyo rostro ve cada semana, pero cuyo
nombre todavía desconoce. Tal vez sea el momento de preguntar cómo está, cómo
está su familia, por qué necesita oración o simplemente escuchar durante unos
minutos.
Puede parecer algo pequeño.
Pero las grandes familias se
construyen precisamente con esas pequeñas acciones.
La Biblia dice:
"¡Mirad cuán bueno y
cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!" (Salmos 133:1, RVR1960)
Habitar.
No solamente reunirse.
Habitar.
Porque Dios nunca diseñó una
Iglesia formada por desconocidos que comparten una banca.
Él diseñó una familia espiritual
unida por la sangre de Jesucristo.
Y quiero terminar con una
pregunta que no responda para mí.
Respóndala delante de Dios.
Si usted dejara de
congregarse durante los próximos tres meses, ¿quién le llamaría para saber
dónde está?
Y si nadie notara su ausencia,
quizás el problema no sea solamente que necesitamos congregarnos más.
Quizás necesitamos volver
a ser familia.
Porque el día que la Iglesia
vuelva a conocerse como una verdadera familia, muchos dejarán de sentirse solos
en medio de una congregación llena de gente.
Y quizás entonces
comenzaremos a parecernos un poco más a la Iglesia que Cristo soñó.
Escribe desde una mirada que integra fe, comunicación y cultura, abordando temas espirituales con profundidad humana y criterio contemporáneo.

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