lunes, 2 de marzo de 2026

Vale la pena vivir para lo eterno


Soy un tipo que se ha equivocado bastante, que ha vivido mucho, que ha probado cosas, que ha subido y también ha bajado.

Y después de tantos años caminando, empecé a entender cosas que antes no veía.

Por ejemplo, algo que a mí me tomó tiempo aceptar:
no todo lo que uno logra llena.

Tengo más de 20 años en la comunicación…
moviéndome, conociendo gente de todos los niveles, tocando puertas, abriendo caminos.
Llegué a codearme con las esferas más altas —sociales, políticas y empresariales— en la ciudad donde vivo.

Y sí, viví muchas cosas:
reconocimiento, oportunidades, viajes, avances…
momentos que desde afuera se ven como grandes logros.

Pero también te digo algo que uno casi no dice en voz alta:
muchas de esas metas que el mundo celebra… no sostienen el alma.

Tú puedes mejorar tu casa, montar un mejor vehículo, viajar más, subir de estatus…
y aun así sentir que algo no está completo.

Y no lo digo desde amargura.
Lo digo porque lo viví.

Con el tiempo entendí algo que me cambió por dentro:
el problema no es tener cosas…
es creer que las cosas te van a dar propósito.

El vacío no se llena con logros.
Se llena con dirección.

Y en mi caso, esa dirección tiene un nombre claro: Jesucristo.
No como discurso.
Como centro.
No como religión.
Como obediencia.

Ya no estoy en impresionar a nadie.
De verdad.
Lo que quiero es agradar a Dios.

Ya no me interesa invertir mi vida en pertenecer a sistemas que uno sabe que no se sostienen,
ni desgastarme tratando de arreglar estructuras que se repiten una y otra vez.

No es indiferencia.
Es discernimiento.

Hay batallas que hacen mucho ruido…
pero no dan fruto.
Y hay cosas silenciosas… que sí dejan legado.

Y yo quiero invertir lo que me queda de vida en eso.

Porque al final, si algo he aprendido en estos años,
es que el verdadero éxito no es subir posiciones.
Es sostener lo eterno.

Tu familia.
Tu matrimonio.
Tus hijos.
Tu conciencia delante de Dios.

Eso pesa más que cualquier logro visible.

Hoy, por ejemplo, tranquilo, sin presión…
siento que ya no quiero convencer multitudes.
Quiero ser fiel a lo que me toca.

Servir donde Dios me envíe.
Hablar cuando Él lo permita.
Y aprender a callar cuando sea necesario.

Porque llega un momento —y eso uno lo entiende después de cierto camino—
donde uno deja de preguntarse:
“¿Qué quiero lograr?”
y empieza a preguntarse:
“¿Qué quiere Dios hacer conmigo?”

Y esa pregunta te cambia por dentro.

Yo no tengo todas las respuestas.
Ni una vida perfecta.
Ni camino sin luchas.

Pero sí tengo una convicción clara:
vale la pena vivir para lo eterno.

Y al final, todo vuelve a lo simple, como dijo Jesús:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas… y a tu prójimo como a ti mismo.”
— Marcos 12:30–31

Cuando uno vuelve ahí,
muchas cosas se acomodan solas.

Lo demás… es añadidura.


_______________________________________


Comunicador con más de 22 años de trayectoria y director de La Revista ChocolateMiembro del SNTP, ADOMPRETUR e IFJ.

Biógrafo y ghostwriter especializado en historias humanas, memorias familiares y trayectorias empresariales.

Escribe semblanzas, biografías y reportajes narrativos con enfoque humano y profundidad documental.

📩 809-584-1220 (solo mensajes)
Historias con alma.
Textos que permanecen.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

En la Revista Chocolate valoramos cada palabra y cada opinión.
Muy pronto nos pondremos en contacto contigo si es necesario.

📬 Mientras tanto, te invitamos a seguirnos en Instagram [@revistachocolate] y a descubrir más historias que merecen ser contadas.

Vale la pena vivir para lo eterno

Soy un tipo que se ha equivocado bastante, que ha vivido mucho, que ha probado cosas, que ha subido y también ha bajado. Y después de tanto...