Y después de tantos años caminando, empecé a entender cosas que antes no veía.
Por ejemplo,
algo que a mí me tomó tiempo aceptar:
no todo lo que uno logra llena.
Tengo más de 20
años en la comunicación…
moviéndome, conociendo gente de todos los niveles, tocando puertas, abriendo
caminos.
Llegué a codearme con las esferas más altas —sociales, políticas y
empresariales— en la ciudad donde vivo.
Y sí, viví
muchas cosas:
reconocimiento, oportunidades, viajes, avances…
momentos que desde afuera se ven como grandes logros.
Pero también te
digo algo que uno casi no dice en voz alta:
muchas de esas metas que el mundo celebra… no sostienen el alma.
Tú puedes
mejorar tu casa, montar un mejor vehículo, viajar más, subir de estatus…
y aun así sentir que algo no está completo.
Y no lo digo
desde amargura.
Lo digo porque lo viví.
Con el tiempo
entendí algo que me cambió por dentro:
el problema no es tener cosas…
es creer que las cosas te van a dar propósito.
El vacío no se
llena con logros.
Se llena con dirección.
Y en mi caso,
esa dirección tiene un nombre claro: Jesucristo.
No como discurso.
Como centro.
No como religión.
Como obediencia.
Ya no estoy en impresionar
a nadie.
De verdad.
Lo que quiero es agradar a Dios.
Ya no me
interesa invertir mi vida en pertenecer a sistemas que uno sabe que no se
sostienen,
ni desgastarme tratando de arreglar estructuras que se repiten una y otra vez.
No es
indiferencia.
Es discernimiento.
Hay batallas
que hacen mucho ruido…
pero no dan fruto.
Y hay cosas silenciosas… que sí dejan legado.
Y yo quiero
invertir lo que me queda de vida en eso.
Porque al
final, si algo he aprendido en estos años,
es que el verdadero éxito no es subir posiciones.
Es sostener lo eterno.
Tu familia.
Tu matrimonio.
Tus hijos.
Tu conciencia delante de Dios.
Eso pesa más
que cualquier logro visible.
Hoy, por
ejemplo, tranquilo, sin presión…
siento que ya no quiero convencer multitudes.
Quiero ser fiel a lo que me toca.
Servir donde
Dios me envíe.
Hablar cuando Él lo permita.
Y aprender a callar cuando sea necesario.
Porque llega un
momento —y eso uno lo entiende después de cierto camino—
donde uno deja de preguntarse:
“¿Qué quiero lograr?”
y empieza a preguntarse:
“¿Qué quiere Dios hacer conmigo?”
Y esa pregunta
te cambia por dentro.
Yo no tengo
todas las respuestas.
Ni una vida perfecta.
Ni camino sin luchas.
Pero sí tengo
una convicción clara:
vale la pena vivir para lo eterno.
Y al final,
todo vuelve a lo simple, como dijo Jesús:
“Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con
todas tus fuerzas… y a tu prójimo como a ti mismo.”
— Marcos 12:30–31
Cuando uno
vuelve ahí,
muchas cosas se acomodan solas.
Lo demás… es añadidura.
Biógrafo
y ghostwriter especializado en historias humanas, memorias familiares y
trayectorias empresariales.
Escribe
semblanzas, biografías y reportajes narrativos con enfoque humano y profundidad
documental.
📩 809-584-1220 (solo mensajes)
Historias con alma. Textos
que permanecen.


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