En nuestros pueblos ya conocemos el libreto.
El político no
se presenta, se escenifica. Aparece siempre rodeado, en movimiento, abrazando,
entregando, caminando. Nunca mirando a cámara. Nunca explicando. Nunca
rindiendo cuentas. La imagen dice: estoy
trabajando. La realidad no se evalúa.
En paralelo,
las redes se llenan de ruido coordinado: comentarios repetidos, apoyos
calcados, números inflados. Se fabrica la idea de que “vamos arriba”, de que “somos
mayoría”, de que “ya ganamos”.
Ese mensaje no va dirigido al ciudadano informado; va al indeciso, al cansado, al que no tiene tiempo para verificar. Percepción reemplazando criterio. Pero esa maquinaria no se mueve sola.
¿Quién sostiene la percepción?
Aquí está la
verdad incómoda: la percepción política se sostiene con financiamiento
interesado.
Hay sectores que
ponen políticos para luego moverles los hilos: permisos, excepciones,
desarrollos sin planificación, cuotas. No invierten en ciudad; compran
influencia. El político improvisado ejecuta; el financiador define el
incentivo.
Y luego ocurre lo previsible: crecimiento sin orden, manejo de residuos sin estrategia, áreas verdes
degradadas hasta perder su función, proyectos que se anuncian, pero no
trascienden las gestiones. No hay continuidad institucional. No hay
planificación territorial. No hay ciudad como sistema.
Esos mismos sectores
viven protegidos, pero cuando salen a la calle sufren el mismo caos que
sufrimos todos. El dinero no los aísla del tránsito, del desorden ni de la
falta de planificación que ayudaron a crear.
Entonces, ¿por
qué el silencio? ¿Por qué cuando estos temas llegan a espacios donde se discute
el desarrollo de la ciudad, muchos bajan la cabeza?
¿Miedo a qué? ¿A perder privilegios? ¿A incomodar al sistema que los favorece?
Mientras
tanto, sus propios hijos se van. En cuanto pueden, emigran y no regresan. No
quieren vivir aquí. No ven futuro aquí. Y, aun así, el silencio continúa.
¿Quién es el verdadero responsable?
No basta con señalar
al político improvisado. El verdadero culpable es el sistema que lo produce y
lo sostiene: El financista que sabe y aun así empuja. Las élites que callan
teniendo voz. Las instituciones que no convocan evaluación seria. Eso es
corresponsabilidad histórica.
La solución: pasar del ruido al procedimiento
Si queremos
crecimiento sostenido, hay que cambiar el método. Todo aspirante, una vez
definido, debe someterse a escrutinio público real: un fórum estratégico, sin
improvisación, con preguntas duras y criterios claros.
¿Quiénes deben convocarlo?
Las
instituciones del territorio, no los partidos: la Cámara de Comercio, las
universidades, las iglesias en todas sus denominaciones, organizaciones
sociales y productivas. No para aplaudir. Para evaluar: capacidad, historial,
visión, resultados. Aquí no se mide
carisma; se mide competencia.
El desarrollo no nace de la percepción.
Nace del carácter. Si quienes tienen poder económico no levantan la voz, otros deciden por ellos. Y cuando el liderazgo económico calla, el vacío lo llena la improvisación política. Una ciudad no fracasa solo por malos políticos. Fracasa cuando sus élites renuncian a exigir nivel. El silencio también gobierna. Y ya vimos a dónde nos ha llevado.
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Historias con alma. Textos que permanecen.


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