sábado, 6 de junio de 2026

¿Y si estás construyendo la vida equivocada?


Por Rafael Enrique Correa
Comunicador | Director,  La Revista Chocolate
www.larevistachocolate.com


Hay una verdad que me ha perseguido durante los últimos años.

Una verdad incómoda.

Una verdad que, si somos honestos, pocos queremos enfrentar.

Es posible pasar toda una vida construyendo algo que Dios nunca nos pidió construir.

Lo digo porque durante mucho tiempo yo también estuve allí.

Como muchos hombres, tenía metas, responsabilidades, proyectos y sueños. Me levantaba cada día con la intención de avanzar. Quería crecer. Quería lograr cosas. Quería dejar una huella. Quería construir una vida que pareciera exitosa ante los ojos de los demás.

Y aunque muchas de esas cosas no eran malas en sí mismas, un día Dios comenzó a hacerme una pregunta que cambió mi manera de ver la vida.

No me preguntó cuánto estaba produciendo.

No me preguntó cuánto estaba ganando.

No me preguntó cuántas personas me conocían.

Me confrontó con algo mucho más profundo.

¿Quién está dirigiendo realmente tu camino?

Porque existe una diferencia enorme entre pedirle a Dios que bendiga nuestros planes y rendirle nuestros planes para que Él los dirija.

Y muchas veces confundimos una cosa con la otra.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a competir desde niños.

Nos preparan para obtener títulos.

Para acumular bienes.

Para alcanzar posiciones.

Para recibir reconocimiento.

Para demostrar éxito.

Nos enseñan a construir una imagen.

Pero pocas veces nos enseñan a construir el alma.

Y en medio de esa carrera silenciosa, muchos terminamos persiguiendo cosas que parecen importantes, mientras descuidamos aquello que realmente tiene valor eterno.

Por eso las palabras de Jesús siguen teniendo hoy la misma fuerza que tuvieron hace dos mil años:

"¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?"
— Marcos 8:36 (Reina-Valera 1960)

Cada vez que leo ese versículo siento que el Señor nos obliga a detenernos.

Porque Jesús está haciendo una pregunta que ningún banco puede responder.

Ninguna empresa puede responder.

Ningún diploma puede responder.

Ningún reconocimiento puede responder.

¿Qué valor tiene ganar aquello que un día perderemos si en el proceso perdemos aquello que es eterno?

Porque el problema no es el dinero.

El problema no es el trabajo.

El problema no es la prosperidad.

El problema aparece cuando esas cosas ocupan el lugar que solamente le pertenece a Dios.

Y eso ocurre más de lo que imaginamos.

A veces el ídolo no es una estatua.

A veces el ídolo es una ambición.

A veces el ídolo es el éxito.

A veces el ídolo es el prestigio.

A veces el ídolo es nuestra propia imagen.

Y a veces el ídolo somos nosotros mismos.

Esa fue una de las verdades más difíciles que tuve que aceptar.

Descubrí que algunas de las cosas que perseguía no nacían del deseo de glorificar a Dios.

Nacían del deseo de glorificarme a mí.

No siempre era evidente.

No siempre era consciente.

Pero estaba ahí.

Escondido detrás de los proyectos.

Detrás de los sueños.

Detrás de los logros.

Detrás de la necesidad humana de ser reconocido.

Y fue entonces cuando entendí algo que jamás había comprendido con claridad.

Uno puede estar ocupado y no estar obedeciendo.

Uno puede estar avanzando y no estar siendo dirigido por Dios.

Uno puede estar construyendo algo admirable para los hombres mientras se aleja silenciosamente de la voluntad del Señor.

Por eso la Escritura advierte:

"Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte."
— Proverbios 14:12 (Reina-Valera 1960)

Observe bien lo que dice el texto.

No dice que el camino parece malo.

No dice que parece perverso.

Dice que parece correcto.

Ahí está el peligro.

Hay caminos que producen dinero.

Hay caminos que generan aplausos.

Hay caminos que ofrecen reconocimiento.

Hay caminos que el mundo celebra.

Y aun así pueden estar completamente fuera de la voluntad de Dios.

Entonces comenzaron las preguntas difíciles.

Las preguntas que nadie puede responder por nosotros.

Si mañana desaparecieran mis títulos, ¿quién sería yo?

Si perdiera mis proyectos, ¿seguiría confiando en Dios?

Si nadie volviera a reconocerme, ¿seguiría sirviendo a Cristo?

Si me quitaran todo aquello con lo que me identifico, ¿qué quedaría de mí?

Y mientras más reflexionaba sobre esas preguntas, más comprendía que el problema más grande de mi vida no era la dirección de mis proyectos.

Era la condición de mi corazón.

Porque el Evangelio no comienza cuando una persona mejora su conducta.

El Evangelio comienza cuando una persona reconoce su necesidad de Dios.

La Biblia enseña que todos hemos pecado.

Todos.

Sin excepción.

No existen personas suficientemente buenas para presentarse delante de Dios por sus propios méritos.

No existen cuentas bancarias capaces de comprar salvación.

No existen obras humanas capaces de borrar el pecado.

Por eso vino Jesucristo.

No vino solamente para enseñarnos principios de vida.

No vino solamente para convertirse en un ejemplo moral.

Vino a hacer algo que ninguno de nosotros podía hacer.

Vino a salvarnos.

"Dios mostró su gran amor por nosotros al enviar a Jesucristo para que muriera por nosotros."
— Romanos 5:8 (TLA)

Mientras nosotros corríamos detrás de nuestros propios caminos, Cristo caminó hacia una cruz.

Mientras nosotros buscábamos nuestra gloria, Él se humilló.

Mientras nosotros merecíamos condenación, Él tomó nuestro lugar.

La cruz no es simplemente un símbolo religioso.

La cruz es la prueba de que Dios ama a pecadores que jamás podrían salvarse por sí mismos.

Y fue al mirar esa cruz que entendí algo que transformó mi perspectiva para siempre.

El propósito principal de mi vida no es ser exitoso.

Es ser fiel.

No es ser admirado.

Es ser obediente.

No es construir mi nombre.

Es glorificar el nombre de Jesucristo.

Porque llegará el día en que todo aquello que hoy parece tan importante desaparecerá.

Nuestra casa quedará atrás.

Nuestros negocios pasarán a otras manos.

Nuestros vehículos dejarán de rodar.

Nuestros títulos perderán valor.

Nuestros cargos serán ocupados por otros.

Nuestro cuerpo volverá al polvo.

Y nuestro nombre, tarde o temprano, será olvidado por las generaciones futuras.

Pero Cristo permanecerá.

Para siempre.

Y llegará el día en que estaremos delante de Él.

No delante de nuestros seguidores.

No delante de nuestros clientes.

No delante de nuestras posesiones.

Delante de Dios.

Y entonces la pregunta no será cuánto acumulamos.

La pregunta será si realmente conocimos a Jesucristo.

Porque el mismo Señor advirtió:

"No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos."
— Mateo 7:21 (Reina-Valera 1960)

Esas palabras deberían hacernos temblar.

Porque nos recuerdan que es posible conocer acerca de Jesús sin conocer verdaderamente a Jesús.

Es posible asistir a una iglesia y no haber rendido el corazón.

Es posible tener una religión y no haber nacido de nuevo.

Por eso hoy no quiero preguntarte cuánto dinero tienes.

No quiero preguntarte cuántos títulos has obtenido.

No quiero preguntarte qué posición ocupas.

Quiero hacerte una pregunta mucho más importante.

Cuando termina el ruido del día...

Cuando apagas el teléfono...

Cuando te quedas a solas con tus pensamientos...

Cuando nadie puede verte...

¿Conoces realmente a Jesucristo?

¿Hablas con Él?

¿Buscas su voluntad?

¿Lees Su Palabra?

¿Lo obedeces?

¿Lo amas?

Porque tal vez el mayor engaño de nuestra generación no sea el pecado visible.

Tal vez sea pasar toda una vida construyendo algo que impresiona a los hombres para descubrir demasiado tarde que nunca caminamos verdaderamente con Cristo.

Si mientras lees estas líneas sientes que Dios está tocando tu corazón, no ignores Su voz.

Detente.

Haz silencio.

Arrepiéntete.

Ora.

Vuelve a Él.

Porque el mismo Jesús que confronta también perdona.

El mismo Jesús que corrige también restaura.

El mismo Jesús que muestra nuestro pecado también extiende gracia.

Y todavía sigue haciendo la misma invitación:

"Vengan a mí todos ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo les daré descanso."
— Mateo 11:28 (Traducción en Lenguaje Actual)

Quizás hoy sea el día para dejar de pedirle a Dios que bendiga tu camino.

Y comenzar a preguntarle con humildad:

"Señor, ¿estoy caminando en el camino que Tú diseñaste para mí o solamente estoy persiguiendo mis propios sueños?"

Porque al final, la construcción más importante de tu vida no será la que los hombres aplaudieron.

Será aquella que Dios encontró cuando examinó tu corazón.













Comunicador, escritor y autor de Guerreros del Edén.
Director de La Revista Chocolate y miembro del SNTP, ADOMPRETUR e IFJ.

Escribe desde una mirada que integra fe, comunicación y cultura, abordando temas espirituales con profundidad humana y criterio contemporáneo.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

En la Revista Chocolate valoramos cada palabra y cada opinión.
Muy pronto nos pondremos en contacto contigo si es necesario.

📬 Mientras tanto, te invitamos a seguirnos en Instagram [@revistachocolate] y a descubrir más historias que merecen ser contadas.

Mientras Las Terrenas construye el cementerio que necesita para el futuro, ¿ha comenzado a pensar qué hará con el cementerio que guarda su pasado?

El viejo cementerio de Las Terrenas: una oportunidad para honrar el pasado y enriquecer el futuro   Por Rafael Enrique Correa www.larevist...