Hay una verdad que me ha perseguido durante los últimos años.
Una verdad incómoda.
Una verdad que, si somos
honestos, pocos queremos enfrentar.
Es posible pasar toda
una vida construyendo algo que Dios nunca nos pidió construir.
Lo digo porque durante
mucho tiempo yo también estuve allí.
Como muchos hombres,
tenía metas, responsabilidades, proyectos y sueños. Me levantaba cada día con
la intención de avanzar. Quería crecer. Quería lograr cosas. Quería dejar una
huella. Quería construir una vida que pareciera exitosa ante los ojos de los
demás.
Y aunque muchas de esas cosas no eran malas en sí mismas, un día Dios comenzó a hacerme una pregunta que cambió mi manera de ver la vida.
No me preguntó cuánto
estaba produciendo.
No me preguntó cuánto
estaba ganando.
No me preguntó cuántas
personas me conocían.
Me confrontó con algo
mucho más profundo.
¿Quién está dirigiendo
realmente tu camino?
Porque existe una
diferencia enorme entre pedirle a Dios que bendiga nuestros planes y rendirle
nuestros planes para que Él los dirija.
Y muchas veces
confundimos una cosa con la otra.
Vivimos en una sociedad
que nos enseña a competir desde niños.
Nos preparan para obtener
títulos.
Para acumular bienes.
Para alcanzar
posiciones.
Para recibir
reconocimiento.
Para demostrar éxito.
Nos enseñan a construir
una imagen.
Pero pocas veces nos
enseñan a construir el alma.
Y en medio de esa
carrera silenciosa, muchos terminamos persiguiendo cosas que parecen
importantes, mientras descuidamos aquello que realmente tiene valor eterno.
Por eso las palabras de
Jesús siguen teniendo hoy la misma fuerza que tuvieron hace dos mil años:
"¿Qué aprovechará
al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?"
— Marcos 8:36 (Reina-Valera 1960)
Cada vez que leo ese
versículo siento que el Señor nos obliga a detenernos.
Porque Jesús está
haciendo una pregunta que ningún banco puede responder.
Ninguna empresa puede
responder.
Ningún diploma puede
responder.
Ningún reconocimiento
puede responder.
¿Qué valor tiene ganar
aquello que un día perderemos si en el proceso perdemos aquello que es eterno?
Porque el problema no es
el dinero.
El problema no es el
trabajo.
El problema no es la
prosperidad.
El problema aparece
cuando esas cosas ocupan el lugar que solamente le pertenece a Dios.
Y eso ocurre más de lo
que imaginamos.
A veces el ídolo no es
una estatua.
A veces el ídolo es una
ambición.
A veces el ídolo es el
éxito.
A veces el ídolo es el
prestigio.
A veces el ídolo es
nuestra propia imagen.
Y a veces el ídolo somos
nosotros mismos.
Esa fue una de las
verdades más difíciles que tuve que aceptar.
Descubrí que algunas de
las cosas que perseguía no nacían del deseo de glorificar a Dios.
Nacían del deseo de
glorificarme a mí.
No siempre era evidente.
No siempre era
consciente.
Pero estaba ahí.
Escondido detrás de los
proyectos.
Detrás de los sueños.
Detrás de los logros.
Detrás de la necesidad
humana de ser reconocido.
Y fue entonces cuando
entendí algo que jamás había comprendido con claridad.
Uno puede estar ocupado
y no estar obedeciendo.
Uno puede estar
avanzando y no estar siendo dirigido por Dios.
Uno puede estar
construyendo algo admirable para los hombres mientras se aleja silenciosamente
de la voluntad del Señor.
Por eso la Escritura
advierte:
"Hay camino que al
hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte."
— Proverbios 14:12 (Reina-Valera 1960)
Observe bien lo que dice
el texto.
No dice que el camino
parece malo.
No dice que parece
perverso.
Dice que parece
correcto.
Ahí está el peligro.
Hay caminos que producen
dinero.
Hay caminos que generan
aplausos.
Hay caminos que ofrecen
reconocimiento.
Hay caminos que el mundo
celebra.
Y aun así pueden estar
completamente fuera de la voluntad de Dios.
Entonces comenzaron las
preguntas difíciles.
Las preguntas que nadie
puede responder por nosotros.
Si mañana desaparecieran
mis títulos, ¿quién sería yo?
Si perdiera mis
proyectos, ¿seguiría confiando en Dios?
Si nadie volviera a
reconocerme, ¿seguiría sirviendo a Cristo?
Si me quitaran todo
aquello con lo que me identifico, ¿qué quedaría de mí?
Y mientras más
reflexionaba sobre esas preguntas, más comprendía que el problema más grande de
mi vida no era la dirección de mis proyectos.
Era la condición de mi
corazón.
Porque el Evangelio no
comienza cuando una persona mejora su conducta.
El Evangelio comienza
cuando una persona reconoce su necesidad de Dios.
La Biblia enseña que
todos hemos pecado.
Todos.
Sin excepción.
No existen personas
suficientemente buenas para presentarse delante de Dios por sus propios
méritos.
No existen cuentas
bancarias capaces de comprar salvación.
No existen obras humanas
capaces de borrar el pecado.
Por eso vino Jesucristo.
No vino solamente para
enseñarnos principios de vida.
No vino solamente para
convertirse en un ejemplo moral.
Vino a hacer algo que
ninguno de nosotros podía hacer.
Vino a salvarnos.
"Dios mostró su
gran amor por nosotros al enviar a Jesucristo para que muriera por
nosotros."
— Romanos 5:8 (TLA)
Mientras nosotros
corríamos detrás de nuestros propios caminos, Cristo caminó hacia una cruz.
Mientras nosotros
buscábamos nuestra gloria, Él se humilló.
Mientras nosotros
merecíamos condenación, Él tomó nuestro lugar.
La cruz no es
simplemente un símbolo religioso.
La cruz es la prueba de
que Dios ama a pecadores que jamás podrían salvarse por sí mismos.
Y fue al mirar esa cruz
que entendí algo que transformó mi perspectiva para siempre.
El propósito principal
de mi vida no es ser exitoso.
Es ser fiel.
No es ser admirado.
Es ser obediente.
No es construir mi
nombre.
Es glorificar el nombre
de Jesucristo.
Porque llegará el día en
que todo aquello que hoy parece tan importante desaparecerá.
Nuestra casa quedará
atrás.
Nuestros negocios
pasarán a otras manos.
Nuestros vehículos
dejarán de rodar.
Nuestros títulos
perderán valor.
Nuestros cargos serán
ocupados por otros.
Nuestro cuerpo volverá
al polvo.
Y nuestro nombre, tarde
o temprano, será olvidado por las generaciones futuras.
Pero Cristo permanecerá.
Para siempre.
Y llegará el día en que
estaremos delante de Él.
No delante de nuestros
seguidores.
No delante de nuestros
clientes.
No delante de nuestras
posesiones.
Delante de Dios.
Y entonces la pregunta
no será cuánto acumulamos.
La pregunta será si
realmente conocimos a Jesucristo.
Porque el mismo Señor
advirtió:
"No todo el que me
dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos."
— Mateo 7:21 (Reina-Valera 1960)
Esas palabras deberían
hacernos temblar.
Porque nos recuerdan que
es posible conocer acerca de Jesús sin conocer verdaderamente a Jesús.
Es posible asistir a una
iglesia y no haber rendido el corazón.
Es posible tener una
religión y no haber nacido de nuevo.
Por eso hoy no quiero
preguntarte cuánto dinero tienes.
No quiero preguntarte
cuántos títulos has obtenido.
No quiero preguntarte
qué posición ocupas.
Quiero hacerte una
pregunta mucho más importante.
Cuando termina el ruido
del día...
Cuando apagas el
teléfono...
Cuando te quedas a solas
con tus pensamientos...
Cuando nadie puede
verte...
¿Conoces realmente a
Jesucristo?
¿Hablas con Él?
¿Buscas su voluntad?
¿Lees Su Palabra?
¿Lo obedeces?
¿Lo amas?
Porque tal vez el mayor
engaño de nuestra generación no sea el pecado visible.
Tal vez sea pasar toda
una vida construyendo algo que impresiona a los hombres para descubrir
demasiado tarde que nunca caminamos verdaderamente con Cristo.
Si mientras lees estas
líneas sientes que Dios está tocando tu corazón, no ignores Su voz.
Detente.
Haz silencio.
Arrepiéntete.
Ora.
Vuelve a Él.
Porque el mismo Jesús
que confronta también perdona.
El mismo Jesús que
corrige también restaura.
El mismo Jesús que
muestra nuestro pecado también extiende gracia.
Y todavía sigue haciendo
la misma invitación:
"Vengan a mí todos
ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y yo les daré
descanso."
— Mateo 11:28 (Traducción en Lenguaje Actual)
Quizás hoy sea el día
para dejar de pedirle a Dios que bendiga tu camino.
Y comenzar a preguntarle
con humildad:
"Señor, ¿estoy
caminando en el camino que Tú diseñaste para mí o solamente estoy persiguiendo
mis propios sueños?"
Porque al final, la
construcción más importante de tu vida no será la que los hombres aplaudieron.
Será aquella que Dios
encontró cuando examinó tu corazón.
Escribe desde una mirada que integra fe, comunicación y cultura, abordando temas espirituales con profundidad humana y criterio contemporáneo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
En la Revista Chocolate valoramos cada palabra y cada opinión.
Muy pronto nos pondremos en contacto contigo si es necesario.
📬 Mientras tanto, te invitamos a seguirnos en Instagram [@revistachocolate] y a descubrir más historias que merecen ser contadas.